Transmitir a los hijos un mensaje vivo, actual e ilusionante

(Rosario Paniagua Fernández, en Sal Terrae). «Si alguien deja de creer en su Dios de madera, no es porque no haya Dios, sino porque el verdadero Dios no es de madera» (L. Tolstoi).

Es difícil transmitir a un niño acomodado del primer mundo, lo que significa el mensaje de igualdad, justicia y compromiso de Jesús. La carga de profundidad que conlleva, la liberación que implica. La autora responde en este libro –Mamá, ¿Dios es verde?– a las preguntas sobre Dios que le formula su hijo de siete años. Y lo hace con imágenes y palabras nuevas, a la medida del hombre y de la mujer de hoy.

En palabras de Lamet, en el prólogo, el objetivo de la autora al escribir este libro es claro: trata de hablar de Dios a un niño concreto, lo hace desde su experiencia de periodista cristiana y comprometida, que recibió la fe en su casa, la alimentó en una parroquia viva y alegre de Sevilla, y transmite su fe como madre y como redactora jefe de la Revista 21. Plantea el libro de forma entrañable: un diálogo entre ella y su hijo, una serie de conversaciones espontáneas, un simpático diálogo vivo y entrañable enmarcado en el mundo de hoy.

Supone un gran desafío suscitar el interés de un niño superando tópicos, clichés, conceptos trillados. La autora presenta a su hijo el rostro de Dios revelado por Jesús de Nazaret de una forma atractiva y cierta que le dure para toda la vida y no se rompa cuando sea mayor. La autora no escatima cuestiones como la Trinidad, la historicidad de los evangelios, el pluralismo religioso, el sacerdocio, el concilio, el papel de la mujer, el amor, la justicia… y va saliendo adelante en planteamientos no fáciles, tomando la teología actual y adaptándose a la mentalidad de un niño.

El resultado es una catequesis familiar que puede inspirar a muchos padres que quieren transmitir a sus hijos un mensaje vivo, actual e ilusionante. Intenta bajar a la plaza ante los problemas de hoy, a la luz de la fe, de una forma inteligible. Es
importante señalar que un niño es un ser humano, capaz de pensar y prepararse para las grandes cuestiones y dudas del futuro. La autora se posiciona desde un horizonte de sentido, con planteamientos actuales, que puede que no a todos agrade; pero lo que está claro que su doctrina es totalmente fiable, y la obra está toda ella permeada de que Dios es amor, que entra en la historia hecho carne a través de la persona de su hijo Jesucristo, y desde nuestra adhesión a él nos situamos en la dimensión eterna, si somos capaces de amar a los hermanos: esta es la médula del Evangelio.

El libro, escrito con sabiduría, sencillez y ternura, supone encontrar un lenguaje innovador en la transmisión de la fe, y no solo a los niños, sino a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que a lo mejor tienen que decrecer para crecer en la comprensión de un mensaje que es para todos y hace la vida más grande, más hermosa.

Los diversos capítulos del libro se presentan como etapas de una interesante travesía acerca de la idea central que es la fe, explicada a un niño con un lenguaje comprensible. No obstante, hace un ambicioso recorrido por temas difíciles que resuelve con éxito la autora: «Súper-Dios». «Tres mejor que uno». «Jesús es el mejor». «Están locos estos cristianos». «Los apellidos de Dios». «Felicidad en la cumbre». «Esto es creer». «Una petición de perdón con propósito de la enmienda a modo de epílogo». La publicación de este libro coincide en el tiempo con la celebración del Año de la Fe proclamado por Benedicto XVI. Un acontecimiento que ha generado multitud de actos, eventos, discursos, documentos y libros. La autora se ha querido sumar a la fiesta de la fe con esta obra. De una manera sencilla, vivencial, aportando su grano de arena. La autora no participa de la idea de imponer a Dios golpeando al que piensa distinto; sencillamente, lo presenta desde su vivencia y sus conocimientos teológicos encarnados en la vida. No se trata de agobiar con exceso de teoría y levantar polémica allí donde se vislumbra un protagonismo duro. De ese modo, el mensaje no se presenta atractivo; diría más: no tiene sabor auténticamente evangélico.

Es un libro que merece la pena leído y gustado, pues aporta una gran novedad de fondo y de forma: todo él está lleno de una vida y una sencillez que hacen atractiva una publicación, pues no está escrito desde la arrogancia, sino desde la humildad, y eso suele robar el corazón de los niños y de los mayores también. Ella añade que es un libro para no creyentes que estén interesados en entender a los que creen. Hace una apuesta por la renovación de los lenguajes de la fe, con palabras y expresiones que signifiquen hoy y que se haga cercano, comprensible, atractivo e interesante. Apuesta por que se cuenten las cosas de forma llana y que enganche con la gente, y este estilo es precisamente el de Jesús, con sus parábolas llenas de imágenes del contexto próximo de los que lo escuchaban. Pero hoy hay que enganchar con otros lenguajes: el que maneja la gente dispuesta a oír el mensaje y que está enganchada a redes sociales y a programas informáticos.

Apuesta por un esfuerzo comunicativo, pero, sobre todo, un esfuerzo testimonial, pues sin testimonio ni transmisión de vida no hay transmisión de la fe. Se hace a sí misma un llamamiento a actuar y ofrecer el ejemplo de cristiana en su ámbito familiar y social.

Ese es precisamente el propósito del libro: dejar la huella de lo que se cree, por lo que se vive, pues si está contenta con su suerte, quiere contárselo a otros, sobre todo a sus hijos, como la mejor de las herencias. Eso es lo que quiere además dar a otros padres: algunas ideas que puedan ser útiles en la transmisión de la fe a los hijos.

La lectura del libro nos espabila de las rutinas, nos hace plantearnos las cosas con frescura y novedad, volver a lo de siempre pero con ojos nuevos –tal vez ojos de niño, que no está nada mal–; en definitiva, habla del lenguaje del amor, que no necesita muchas explicaciones, porque se entiende a la primera. Es el amor el que hace todas las cosas nuevas, viste el mundo de verde, como para Miguel, o de todos los colores de la paleta. El amor hace milagros, el amor transforma mundos, nos hace humanos, es decir, mejores, y ese amor se llama «Dios».

Rosario Paniagua Fernández

 Sal Terrae 101/8, nº 1.181 (septiembre de 2013) 770-771.


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