Diálogos de fe

(Maite López Martínez, en Vida Nueva). ¿Quién no se ha encontrado alguna vez hablando en profundidad con un niño o niña teniendo la sensación, de algún modo, de estar con una persona mayor? Pero, cuando el tema de conversación es Dios o cuestiones relacionadas con la fe, la cosa se complica. Tanto que, entonces, esos menudos y exigentes interlocutores ponen a prueba nuestra experiencia y –lo que es más delicado aún– nuestra capacidad de traducirla en palabras sencillas. Los peligros aquí vienen de dos extremos que conviene evitar: simplificar en exceso nuestras respuestas, corriendo el riesgo de tratarlos como seres incapaces de captar aspectos tan sublimes y elevados; o responder desde el plano ideológico, con un lenguaje imposible de entender (y, quizá, no solo por un menor, sino a veces hasta por adultos que no comparten nuestra fe y a quienes muchas de nuestras afirmaciones les resultan obsoletas o alejadas de la realidad). De ello, y encontrando el justo equilibrio entre ambos polos, trata este libro de Mª Ángeles López RomeroMamá ¿Dios es verde?–, que, tal como reza el subtítulo, busca responder a las preguntas de los niños con palabras de hoy.

La autora, fiel a su habitual estilo desenfadado y ameno, recorre en cada capítulo algunos de los aspectos fundamentales de la fe cristiana. Lo hace a través de un diálogo con su hijo (de 7 años en el momento de terminar la edición) y a lo largo de distintos momentos y encuentros, la mayoría en el devenir de los deberes y tareas cotidianas. Como buena periodista, ha sabido elegir los temas y preguntas con un lenguaje comprensible para cualquiera. Diría, incluso, que está pensado para los menos duchos en materias de fe.

Uno de los grandes atractivos del libro es el privilegio del lector de poderse asomar por un no breve período de tiempo (no solo durante la lectura, sino también en los meses que transcurre el diálogo) a la fascinante relación de ternura, cercanía y confianza (en definitiva, de amor) entre una madre y su hijo. Esto, ya de por sí tan agradable, se torna sumamente interesante cuando el objetivo es explicar cuál es el significado para ella de creer en Dios y mostrar, desde la humildad, en qué Dios creemos los cristianos. Y esto último es lo que siembra de matices las muchas conversaciones entre ambos. Es complicado, pero no imposible, tal como nos demuestra la autora, creer en un Dios bueno, padre-madre, creador todopoderoso, que, además, es el Dios que respeta nuestra libertad y asume los límites de lo creado; o confiar en un Dios que, sin dejar de ser único, es también Trinidad y que, por eso, llevamos en la esencia de nuestra fe la aceptación de ese misterio: la condición amorosa expresada en las relaciones (divinas y humanas).

Hay un punto central en el libro en torno al cual gira todo el diálogo y al que conducen cada una de las explicaciones de esta paciente y elocuente madre: Jesús y su Evangelio, con especial acento en el compromiso por los débiles y empobrecidos. Ciertamente, es el tamiz, el filtro a través del cual podemos ayudar a nuestros hijos, a las generaciones venideras, a comprender y asumir no solo cuestiones teológicas de fondo, sino también la propia existencia, la de la Iglesia, la moral o la vida sacramental. Es cuestión de ir desnudando nuestras celebraciones de gestos vacíos, para hacer de ellos “grifos” que nos traigan las aguas vivas del Evangelio. La continua referencia en el libro al modo de actuar, sentir, pensar y vivir de Jesús de Nazaret es el argumento primero y último con el que mostrar nuestra fe y, seguramente, el único –junto con el testimonio de la vida– que puede llegar a convencer.

Finalmente, y como un atractivo añadido al contenido de este libro, tanto en el prólogo como en las solapas encontramos el respaldo de tres firmas que avalan una feliz lectura: Pedro Miguel Lamet, Dolores Aleixandre y Juan Martín Velasco. ¿Se puede pedir más para recomendarlo?

Maite López Martínez

Vida Nueva 2.868 (25 de octubre de 2013) 46.


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