Acompañar al otro y agacharse ante las miserias humanas, dos gestos de Francisco

(José María Fernández Lucio, en La Civiltà Cattolica Iberoamericana). Dos periodistas cordobeses, Javier Cámara y Sebastián Pfaffen, nos ofrecen una visión de los años en los que el papa Francisco residió o pasó por Córdoba (Argentina) como novicio jesuita, como provincial de su Orden y como sacerdote residente en la casa que la Compañía tiene en el centro de la ciudad.

Caracteriza a esta biografía –Darlo todo, darse todo– la seriedad, la competencia profesional, la mirada de fe, la simpatía y el cariño hacia el Papa. Como resultado de este esfuerzo tenemos la presentación de una figura del Papa actual en la que resplandece la obra que Dios y su Providencia realizaron en él en vistas a prepararlo para el servicio que le fue confiado el 13 de marzo de 2013.

Su elección a la sede de Pedro sorprendió a todos los católicos, pero sobre todo al entonces arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Jorge Bergoglio. Él se preparaba para retirarse de su encargo al frente de la Archidiócesis de Buenos Aires cuando
fue convocado «desde el fin del mundo» para un servicio muy especial: ser el Sucesor de Pedro y Pastor de la Iglesia universal.

Pero todas las cosas tienen su principio. Los autores nos presentan al joven Jorge en Córdoba, como en una especie de desierto, el del noviciado, marcado por la fascinación, donde los jesuitas están llamados libremente para dejarse seducir por Jesús, que llama a su encuentro, a ser sus compañeros, a seguir sus pasos, a sentir con sus mismos sentimientos, a agacharse a lavar los pies de los hermanos.

Acompañar y agacharse son los dos gestos que podemos decir que están marcando el pontificado de Francisco; hombre de encuentro en primer lugar con el Señor, fuente y origen de todo, para después ser un encuentro auténtico con los demás, con la cercanía que marca el estilo de su pastoreo. El otro verbo, agacharse, supone precisamente agacharse ante las miserias humanas. No siempre han sido bien entendidas estas dos actitudes, que se han considerado como una especie de representación pública pero sin un sentimiento íntimo. Nada más contrario en él.

Como la vida da tantas vueltas, una vez más los autores nos presentan a Bergoglio en Córdoba, pero esta vez enseñado por esta singular pedagogía de Dios que es el desierto del exilio, o como él mismo lo definió, el «tiempo de oscuridad, de sombras», lo que los místicos llaman «la noche oscura». Fue un momento de purificación interior. Los hombres suelen llamarlo segundo viaje; los místicos también lo llaman «la segunda conversión».

No vamos a encontrar culpables ni por una parte ni por otra; lo que está claro es que Francisco conoció en esos años el «borde del camino», la soledad del no protagonismo y el silencio del corazón. Pero el desierto no está hecho para que uno se quede allí. Es un lugar de tránsito, para ir a otra parte. Y es entonces cuando el desierto se convierte en éxodo. ¡Y hacia qué tierra prometida!

El Evangelio nos dice que toda poda, venga de Dios o sea por Él permitida, sirve para tener más vida. Y si bien, como dice Benjamín González Buelta, Dios no puede atar el brazo del que corta ni detener el filo del hacha, sí puede orientar hacia la vida un golpe dirigido a la muerte.

De esto nos hablan los autores en este libro. Con el rigor de quien no improvisa y con la mirada sapiencial de quien vislumbra, asombrado, el misterio de Dios encarnado en estas páginas.

José María Fernández Lucio

La Civiltà Cattolica Iberoamericana 1 (febrero de 2017) 84-86.


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