La única manera de vencer el sufrimiento y la muerte

«Los ojos se fijan en quien consigue entregar su vida por una causa mayor que la vida propia.
Quien entrega su vida está seguro de que merece la pena hacerlo. Es la muerte. Allí estamos todos.
Angustia. Fin. Ausencia de final. Dolor. Sufrimiento. Sufrimiento sin sentido. Penalidad absoluta. Soledad. Tristeza.
Lejos de casa. Lejos de todo. Cerca de nada.
La muerte es el momento del supremo abandono.
Cada ser humano se queda completamente solo cuando muere. En poco más de un instante está toda una vida en presente.
La separación es inminente, y el misterio más profundo de la existencia humana se desvela. La verdad.
Rodeado de silencio, ni se piensa con mucho sentido, ni se siente ordenadamente.
Existimos de manera extrema.
Sabemos que la muerte no es una ilusión, y que nada nos podrá librar del final.
Entrego mi sangre… y mi cuerpo sin sangre… entrego cuanto soy. Lo visible y lo invisible.
Voy a dejar de contar.
No estaré ya presente en este mundo.
Pasaré a ser apenas una mera ausencia.
Queda lo que hayamos sido capaces de dar.
Quedan los sufrimientos que vencimos y los que no fuimos capaces de transformar.
Seguimos hacia adelante.
En una especie de salto hacia lo que no alcanzamos a ver.
En un salto hacia las alturas… hacia el misterio de la vida»

(J. L. Nunes Martins-P. Pereira da Silva, Vía Crucis para creyentes y no creyentes, 71-73, San Pablo, Madrid 2017).


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