Un hombre apasionado por Dios

(José Francisco Serrano, en Alfa y Omega). El Papa Francisco, en la visita que realizó a la comunidad luterana de Roma, el 15 de noviembre de 2015, dijo: «Me parece también fundamental que la Iglesia católica lleve adelante con valentía la atenta y honesta revalorización de las intenciones de la Reforma y de la figura de Martín Lutero, en el sentido de una Ecclesia semper reformanda en el gran camino trazado por los concilios, como también de hombres y mujeres animados por la luz y la fuerza del Espíritu Santo». No se trata, como ha dicho también el Papa, de celebrar la división, sino de conmemorar los 500 años del inicio de un camino, no siempre lineal, a veces tortuoso, demasiado tortuoso, de reconciliación, encuentro y reconocimiento mutuo que nos ayuda a purificar la unidad desde el don del Espíritu.

En este sentido, son varios los nombres que se pueden citar que dan cobertura al proceso historiográfico de revisionismo histórico de la figura de Martín Lutero. H. Denifle, H. Grisar, O. Pesch, J. Lortz, por referirnos a los más clásicos de la bibliografía europea. Por cierto, no hay que olvidar a la hora de hablar de la Reforma y de Lutero lo que dijera Benedicto XVI en 2011 durante la visita al convento de los agustinos de Erfurt, refiriéndose a la personalidad de Lutero: «Lo que le quitaba la paz era la cuestión de Dios, que fue la pasión profunda y el centro de su vida y su camino».

En los últimos meses hemos sido testigos de la aparición de un número no desdeñable de monografías en torno al 500 aniversario del inicio de la Reforma protestante. Una efeméride que nos conduce a un período, a unos personajes –no hay historia sin personas– y a unos acontecimientos que cambiaron el curso de la vida y el destino de la Iglesia y de la sociedad. Como muy bien señala Pedro Langa en el pórtico de este libro –Lutero. Una vida delante de Dios–, que es una biografía sintética, cuidada, del iniciador de la Reforma, «el Martín Lutero que desde estas páginas ha de entrar por los ojos al lector, en este mismo orden de cosas, no es otro que el enamorado de la Biblia, aquella Biblia que le ganó desde el principio corazón y voluntad; que él leía cuidadosamente de día y de noche; que, una y otra vez, tradujo y volvió a traducir».

La compleja personalidad de Lutero queda radiografiada en un recorrido marcado por la cronología. Rafael Lazcano, experto historiador, nos ofrece una biografía en la que va combinando los acontecimientos principales con los aspectos más destacados de la evolución, tanto de su experiencia espiritual como de su pensamiento. De ahí que en esta biografía haya que resaltar ese permanente movimiento de zig zag de lo interior a lo exterior, del pensamiento a la vida espiritual a modo de introspección psicológica. No es desdeñable el uso moderado de los escritos de Lutero y los datos de contexto que permiten al lector un más provechoso ejercicio de profundización en ese período. Hay que agradecer, sin lugar a dudas, por último, la inclusión de un glosario de nombres con breves reseñas biográficas que facilitan la lectura de este libro.

José Francisco Serrano

Alfa y Omega 1.024 (4 de mayo de 2017)


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