Un retrato de «una mujer fuerte, alegre, llena de energía e iniciativa»

(Antonio Aradillas, en Religión Digital). Católicos, y no católicos, “tradicionales y al uso”, somos ya muchos a los que no nos convencen métodos y medios de evangelización y presencia pontificias en los marcos triunfantes y multitudinarios de las concentraciones masivas.

Nos da la santa impresión de que, tal y como soplan “franciscanamente” los tiempos dentro de la Iglesia, y en conformidad con los plácemes de la sensibilidad “civil”, tales concurrencias “made in Juan Pablo II” pudieron, y debieron, haber pasado a la historia de las afirmaciones, y reafirmaciones propias de tiempos pasados, además de dudosa procedencia evangélica.

En este contexto de exigencias o de “frustraciones”, resulta procedente situar y juzgar los actos inminentes que tendrán lugar este fin de semana en Fátima y sus alrededores turístico-piadosos, a propósito de la canonización de los pastorcillos “videntes”. Fueron ya superados los correspondientes procesos que dicta el Código de Derecho Canónico, con la inclusión requerida y atestiguada de los milagros establecidos, dejando al lado el excepcional “¡Santo súbito!”, es decir, “¡Ya!” y “sea lo que Dios quiera”.

En los más recientes tiempos está abriéndose paso la idea de que la justificación suprema de la presencia del Papa Francisco en las tierras portuguesas, sin escatimar triunfalismos religiosos, institucionales y populares, respondieron verazmente a otros motivos o causas.

De entre estas, no pocos ponen el acento precisamente en la capacidad reparadora-“penitencial” que actos como estos pueden entrañar, con explícita referencia en nuestro caso concreto, al comportamiento tan noticiado, digno de toda clase de reproches, anatemas y descalificaciones, silenciado, consentido y aún protagonizado por los mismos miembros de la jerarquía eclesiástica, con nombres y actividades tan innobles, infernales y satánicos como “pederastia”, “inmoralidad” y “corrupción”, supuestamente divina y humana.

Desde tal concepción reparadora es posible explicar que el Papa Francisco no haya rehuido la posibilidad de hacerse personalmente presente en acontecimientos populares como los previstos en Fátima, repartiendo sonrisas, caricias y besos a la “grey” infantil y a sus familiares, identificado en plenitud con el comportamiento y ejemplos de Jesús, tal y como los escriben, describen, y alaban los evangelios…

Para reafirmarse en estas salvadoras ideas y modos de ser y actuar a ejemplo del Hijo de Dios y de la Virgen María, será de provecho la lectura del libro Lucía. La espiritualidad contagiosa de los niños de Fátima, recientemente editado por San Pablo, en su prestigiosa, orientadora y formativa colección de “Testigos”. Su autor es Joao César das Neves, economista y catedrático de la Universidad Católica Portuguesa (Lisboa), que firma asiduamente la columna “No hay comida gratis”, en el Diario de Noticias, del país hermano, relacionado de por vida con el Servicio de Estudios y difusión del santuario de Fátima.

El libro, con sus 144 páginas, y tres partes o apartados, presenta y analiza la figura de “Lucía, una testigo privilegiada de las Apariciones de Nuestra Señora… con su perfil de mujer fuerte, alegre, llena de energía e iniciativa y con una espiritualidad contagiosa”. Por supuesto que el autor no escatima referir algunos rasgos fundamentales de los “otros dos pastorcitos y santos de Fátima: Jacinta y Francisco”.

Una interesante y oportuna descripción e información acerca de “la espiritualidad contagiosa de los niños” que, sin misterios y secretos, contribuirá a que los lectores habituales, y otros, de San Pablo, tomen conciencia de lo que realmente es, significa y exige, la verdadera educación en la fe…

Antonio Aradillas

Religión Digital (11 de mayo de 2017)


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*