Una Iglesia de pueblo

Esta obra, que aborda una cuestión clave del pontificado actual, busca poner sobre la mesa el presente y el futuro de la Iglesia.

(Armand Puig i Tàrrech, en Vida Nueva). Este libro es un ensayo de teología pastoral y, a la vez, un manifiesto de tono profético sobre una de las opciones clave del pontificado de Francisco: las Periferias. Su autor, el profesor Andrea Riccardi, historiador y fundador de la Comunidad de Sant’Egidio, es una de las voces más calificadas del catolicismo actual. La finalidad de la obra es poner sobre la mesa el presente y el futuro de la Iglesia. Con estas premisas, la conclusión es obvia: su lectura es obligada.

El pontificado de Francisco necesita intérpretes, no porque sea hermético de contenidos o incomprensible por sus formas. Al contrario, el Papa ha emprendido un recorrido humano y eclesial de gran claridad, que sacude con fuerza la conciencia y las opciones de mundos fuera del catolicismo. Basta recordar su viaje a Egipto y el impacto enorme de su abrazo con el imán de Al-Azhar, Ahmed Al-Tayeb. Este Papa salió elegido después de pronunciar un breve discurso en el consistorio previo al cónclave en el que afirmó: “La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales” (véase también Evangelii gaudium, 20). Así pues, su acción apostólica está marcada por dos grandes temas vinculados entre sí: la Iglesia en salida y las periferias. Pero, para Riccardi, las periferias no son solo un tema, sino el programa del cristianismo del futuro: “El cristianismo debe renacer de los mundos periféricos y, desde aquí, llegar o volver al centro” (p. 8). Esta es su tesis, que comparte con el papa Francisco.

¿Quién es un periférico? Responde el autor: “Aquel que es excluido del centro de la sociedad, hecho de poder, riqueza y bienestar” (p. 52). Y continúa, refiriéndose a los evangelios: “Si se busca a Jesús, se le encontrará entre los periféricos”, es decir, “los pobres de todo tipo que viven fuera del mundo rico” (p. 6).

Datos significativos

Los datos globales son harto significativos: la mayoría de católicos del mundo se encuentran entre los pobres, los que viven en las periferias de las grandes ciudades o en zonas periféricas de regiones y países. La Iglesia se ha universalizado porque se ha difundido entre los pobres, mientras los proyectos “restauracionistas” (es decir, los que partían del centro, aunque fuera aplicando programas descentralizadores) fracasaban uno tras otro. También han ido quedando sin fuelle evangelizador las opciones de tipo asistencial, en las que desembocaban ingentes cantidades de energías eclesiales. Durante los siglos XIX y XX, la secularización ha ido calando en las sociedades occidentales de matriz cristiana, tanto en las periferias obreras como en la burguesía dominante. La razón: se iba a las periferias con las alforjas llenas de “bondad caritativa” (p. 33), pero no se partía de las periferias. Se buscaba atender a los pobres, pero la Iglesia no se construía desde ellos. La comunidad cristiana centrifugaba grandes
obras apostólicas, pero la periferia quedaba como la eterna ausente del cristianismo.

¿Por dónde pasa, pues, el futuro de la Iglesia? Según el autor, en primer lugar, por una opción netamente teológica: “El pobre y el periférico son Cristo mismo” (p. 49). Esto implica, en segundo lugar, reestructurar el catolicismo, buscando no que sea hegemónico, sino atractivo; no que se configure como “minoría cohesionada” y combativa (p. 22), sino como cristianismo de pueblo que insista sobre “la fascinación del Evangelio” (p. 23); no como defensor de los llamados “valores innegociables”, sino como integrador de la realidad de las personas “incluso en sus aspectos más dolorosos” (p. 24), como propugna Amoris laetitia.

La aplicación del principio de territorialidad (dividir diócesis, agrupar parroquias, reorganizar otras instancias eclesiales) responde a una cierta geometría eclesiástica y no debería hacer olvidar dónde se halla el verdadero problema: “Hacer renacer la Iglesia en la periferia” (p. 149), suscitar en ella nuevas y diversas experiencias cristianas. Y es que “la ciudad global ha de afrontarse de modo múltiple” (p. 152), policéntrico, no uniforme. Así es como explica el exégeta alemán Peter Lampe la forma que había adoptado la comunidad cristiana en la Roma de los siglos II y III, la megápolis de la época.

En resumen, en la Iglesia el cambio se identifica con “el paso de una comunidad eclesiástica a una Iglesia de pueblo” (p. 154), que no se autolimite escogiendo una concepción de “minoría en un mundo de minorías”, que no quede institucionalizada en un clericalismo estéril. Urge reencontrar la “pasión por las periferias”, propia de un cristianismo misionero que se deja “interperlar por la presencia de ‘los otros’” (p. 155) y vive en la ciudad, allí donde Dios también habita.

Armand Puig i Tàrrech

Vida Nueva 3.043 (8 de julio de 2017) 44.


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