El Dios del que tiene necesidad la humanidad

(José María Fernández Lucio, en La Civiltà Cattolica Iberoamericana). Esta obra está precedida por un prólogo de Xabier Pikaza donde se apresura a decirnos cuáles son Los cuatro nombres de Dios que menciona el título de la obra: «condescendencia, ternura, trascendencia y presencia múltiple, las cuatro laderas o caminos de la montaña de Dios, en cuyas cavernas de luz has querido introducirnos para descubrir así el Misterio y descubrirnos a nosotros mismos en la Luz».

En plena madurez humana, el padre Vicente nos presenta en esta obra al Dios del que tiene necesidad la humanidad, el Dios de la fe cristiana, de la misericordia, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de Jesucristo, ese Dios cuya condición se caracteriza por los cuatro pilares del presente libro. «El hombre —nos dice—, aun echando mano al microscopio, al telescopio y a todas las técnicas más adelantadas, se siente desarmado ante el mar de la verdad, del amor, de la vida, de la muerte, de su propio misterio, de los misterios de la naturaleza, del misterio de Dios.

Ya el viejo salmista pensaba, rezando: “Te doy gracias, pues has hecho maravillosos portentos; maravillosas son las obras tuyas y mi alma bien lo sabe” (Sal 139)». El padre Vicente entiende que el verbo «tratar», es decir, revolver y considerar en la mente y con la mente, es muy claro en el caso de los misterios divinos; el otro verbo, «manosear», lo encontrarán muchos de los lectores como algo raro aplicado a las verdades de la fe; pero el místico lo usa aquí como significando que hay que dar mil y mil vueltas a esos misterios secretos y tantearlos de forma debida para enriquecer y abrillantar nuestra mente con las luces que se nos comunican, aunque nos deslumbren y nos metan en esas noches oscuras no por falta de luz, sino por exceso de ella.

Volviendo otra vez a Xabier Pikaza, nos dice acerca del libro que «es para lectores que quieran engolfarse en el mar infinito de Dios». El autor, con la sabiduría y la experiencia que aportan los años, con la madurez del que no tiene que guardar ganado alguno, sino amar y ser amado, ha recogido y ordenado las flores de Dios y de la vida humana como en una canastilla.

Es una obra muy llena de la vida de Dios, testificada sobre todo por san Juan de la Cruz. La novedad y el valor de este libro no se halla en los cuatro nombres, que tal vez pudieran haberse cambiado, sino en la forma en que se han escogido los materiales de la cantera de la Biblia, así como del gran depósito y volcán de experiencias y escritos de san Juan de la Cruz y otros santos y pensadores.

Ningún libro puede darse por terminado y menos este; está pensado como guía de cuatro caminos de experiencia, que el mismo lector debe completar y organizar, desde su propia perspectiva, un libro / camino, de tipo «interactivo», si se puede usar esta palabra. Es un suerte de mosaico, en el que se aportan textos de diverso origen y se van colocando en las cuatro líneas, con un sentido, pero dejando al mismo tiempo que sean los lectores los que vayan descubriendo su unidad profunda, que nos lleva siempre a la Montaña, donde ya no hay ley, ni libro, ni camino, sino solo el amor de Dios. Solo ver a Dios será nuestro trabajo.

Este es un libro de los últimos caminos, pues si alguien ha llegado al final ya no necesita libro alguno, pero mientras estamos en este mundo, estamos en camino. No ha ocupado todo el espacio, sino que ha dejado lugares abiertos a fin de que otros puedan seguir completando las figuras, con nuevos valores y experiencias.

La primera revelación que nos hace el padre Vicente es que Dios es con-descendiente. Lo dice bien claro y en voz alta a todos los que quieran empezar a leerlo: que Dios es condescendiente no porque todo le dé lo mismo y nada en el fondo le interese. Es precisamente lo contrario: Dios es condescendiente porque ama a los hombres y quiere caminar con ellos, a paso de hombre, haciéndose uno de ellos. «Si tú no vienes con nosotros no vamos» (cf Éx 34,14).

Como no podemos decirlo todo, rogamos a los lectores que entren en el libro, que lo recorran, lo vean y lo lean, que lo sientan y que lo reescriban ellos mismos.

José María Fernández Lucio La Civiltà Cattolica Iberoamericana 6 (julio de 2017) 91-93.


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