Hildegarda de Bingen, la mujer que amonestaba a hombres de Iglesia

(Miriam Díez Bosch, en Aleteia). «Las mujeres no pueden ser siervas de nuestro clericalismo». El Papa Francisco lo ha vuelto a decir, esta vez en el viaje a Colombia. Hildegarda de Bingen (1098-1179) ya lo tenía claro. Fue monja benedictina, mística, teóloga, fundadora, escritora, experta en farmacia, cosmóloga, compositora, botánica, médico… y mantuvo una relación epistolar con papas, obispos, reyes y emperadores. Y si les tenía que reprochar algo, lo hacía sin reparos.

San Pablo Ediciones ha sacado ahora un volumen en el que se recogen algunas de las particulares experiencias místicas de esta mujer, a la que la autora Cristina Siccardi llama esencialmente “mística y científica”.

El misticismo de santa Hildegarda no es de éxtasis, sino que “permanece siempre en su propia realidad, aun cuando lo sobrenatural irrumpe en su vida”, dice la autora.

Los manuscritos de Hildegarda están en latín y alemán y su obra ha sido cuidadosamente estudiada especialmente por benedictinos y especialistas en profetismo y mística medieval. Cuando Benedicto XVI dedicó varias catequesis a figuras femeninas de la Iglesia, el primer modelo que escogió fue precisamente Hildegarda.

Los estudiosos coinciden en que no era una niña normal. Ya desde pequeña, “veía más allá de lo sensiblemente visible”. Y ella misma lo dice, en su obra Scivias: “Desde que era niña, concretamente desde que tenía cinco años de edad, y aún hoy, siempre he experimentado misteriosamente en mi interior la fuerza y el misterio de esas ocultas y misteriosas facultades visivas”.

En Vida y visiones de Hildegard von Bingen, de la editorial Siruela, Victoria Cirlot, profesora de Literatura Medieval en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, resalta que Hildegarda es “una de las figuras más fascinantes y multifacéticas del Occidente europeo”.

Una particularidad de su personalidad es que “no se dejaba intimidar por el reproche”, pero tampoco “no se dejaba desviar por las alabanzas”.

En otro texto de ese mismo volumen se recoge esta experiencia de visión: “A los tres años vi una luz tal, que mi alma tembló, pero debido a mi niñez nada pude proferir acerca de esto. A los ocho años fui ofrecida a Dios para la vida espiritual, y hasta los quince vi mucho y explicaba algo de un modo muy simple”.

Entró de niña a la vida religiosa, y no revelaba a sus compañeras de clausura sus visiones. Lo contará, más tarde, al monje Guiberto de Gembloux. También lo comentó a Jutta de Sponheim, maestra de oración y trabajos manuales. Y esta fama trascendió. Estuvo acompañada de personas a las que compartía sus revelaciones, revelaciones que empieza a escribir a partir de 1141.

Hildegarda vivió en Disibodenberg 30 años dedicada a la vida benedictina. Su impacto fue notable a varios niveles, y su influencia muy destacable y admirada.

Rasgos de esta doctora de la Iglesia, según Siccardi, son por una parte que era “extremadamente racional”, y que “no busca nunca atajos ni se engaña”. Es una persona que “examina y analiza los problemas”. Era una persona “muy equilibrada” que lograba mantener la misma fuerza de ánimo tanto en los tiempos de alegría como en los de sufrimiento”.

Hildegarda es autora de Liber Scivias, Liber vitae meritorum y Liber divinorum operum. Pero también escribió decenas de composiciones litúrgicas.

Entre su faceta de escritora destacan también las epístolas que escribió al papa Eugenio III o a Bernardo de Claraval.

En la iglesia alemana de Eibingen se conservan sus reliquias.

Este 17 de septiembre se cumplen 838 años desde que la abadesa Hildegarda murió acompañada por sus hermanas en Ruperstsberg, un monasterio que hoy ya no existe. Fue, sin duda, la mujer más potente de la Baja Edad Media.

Miriam Díez Bosch

Aleteia (14 de septiembre de 2017)


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