Muchas voces valientes unidas

(Begoña Olabarrieta, en Vida Nueva). Hablar de maltrato no es fácil. En muchas ocasiones, solo nos permitimos pasar de puntillas sobre una realidad que sufren miles, millones, de mujeres en el mundo porque nuestro enfado y rechazo nos impiden ir más allá. Por eso sorprende leer un libro como Lágrimas de esperanza, un compendio de visiones personales sobre la violencia de género.

Y no es la visión que pudiéramos esperar, la de grandes expertos, teóricos o no, sobre el maltrato, sus causas y cómo ponerle fin, sino la de personas, hombres y mujeres, que pueden haber sufrido esa violencia o no; que la tienen cerca o no; que no la han visto nunca o sí; pero que tienen algo en común: aceptaron el difícil reto de superar ese bloqueo y relatar qué es para cada uno de ellas y de ellos el maltrato.

Son 22 historias seleccionadas de entre las 547 recibidas en el I Concurso de Relatos Cortos sobre Violencia de Género convocado por la Fundación Luz Casanova, que ahora publica San Pablo. Pequeños fragmentos de realidad o ficción recibidos desde todas las partes del mundo, especialmente de países de América Latina; historias diferentes, relatos valientes que deciden saltar ese muro de la impotencia y hablar desde dentro.

Leyéndolos podríamos quizá vislumbrar quiénes los hablan en primera persona, quiénes los han vivido de cerca o quiénes son valientes para reconocerse impotentes para actuar.

Tres han sido los ganadores de este certamen. El primero –“Los ancianos sabios”, de la mexicana Mª Isabel Hess– nos abre los ojos a una violencia social, comunal, anclada en la tradición, que traspasa el ámbito doméstico y familiar para impregnar un orden de relaciones sociales en el que hombres y mujeres participan al legitimar el abuso.

El segundo –“Policía o secaria”, del sevillano Miguel Pereira– nos cuenta las razones de una niña para no querer ser princesa; y el tercero –“Más que una noche”, de la alicantina Mª Teresa Rubira– nos sorprende con un planteamiento diferente, de decisión y autoconfianza en el mismo momento de decir “se acabó”.

Pero son más que estos tres y todos sorprendentes en estructura y  planteamiento, de confesiones ante la impasividad, de responsabilidad cómplice, de formas sociales y culturales arraigadas que aún entienden que la mujer es una mercancía con la que se puede traficar.

Este libro de libros es un ejercicio valiente de reflexión de mujeres, pero también de hombres –cosa poco común en este tipo de publicaciones–, que se solidarizan con la labor de protección a los más vulnerables de la Fundación Luz Casanova. Gentes, sin importar su género o condición, dispuestas a plantar cara a la violencia aportando lo que cada uno puede o sabe.

Como asegura la periodista Carmen Sarmiento en el prólogo, “… hoy más que nunca las mujeres somos conscientes de nuestra resiliencia, de nuestra fuerza, de nuestra capacidad organizativa… y cada vez somos más las que nos unimos para decir con fuerza en un solo y alto grito: ‘Ni una mujer menos. Nos queremos vivas’”.

Y eso es Lágrimas de esperanza, la unión de muchas voces valientes.

Begoña Olabarrieta

Vida Nueva 3850 (15 de septiembre de 2017) 45.


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