Cuestiones metodológicas sobre el origen del cristianismo

(Severiano Blanco, en Ephemerides Mariologicae). Mauro Pesce, biblista e historiador del cristianismo, nacido en Génova 1941, ha publicado más de 20 libros sobre su especialidad, varios de ellos en colaboración con su esposa, Adriana Destro. Algunos capítulos del presente volumen –De Jesús al Cristianismo– habían aparecido ya, con esa característica, como artículos o ponencias de congresos. La obra se divide en dos partes, la primera centrada en el Jesús histórico y la segunda en el subsiguiente surgimiento del cristianismo. El hecho de incluir, en ambas partes, publicaciones previas perjudica algo su sistematicidad; y los núcleos elegidos para ilustrar ambos temas, a pesar de su interés, son de discutible centralidad: resulta llamativo que el capítulo más amplio de la primera parte (pp. 139-196) trate sobre “Jesús y el sacrificio judío”, o que en la segunda se preste especial atención al joanismo, en detrimento de otras líneas del cristianismo naciente quizá más decisivas en su evolución hacia religión autónoma. Gran parte de la obra se ocupa de cuestiones metodológicas, particularmente en lo que se refiere al estudio de los orígenes cristianos. M. Pesce acentúa certeramente dos criterios o datos que la investigación no siempre ha tenido en cuenta: a) para reconstruir esos orígenes debe prestarse atención no solo a los escritos canónicos, sino también a algunos apócrifos, a los ágrafa y a los Padres más antiguos (de hecho un capítulo del libro lo ocupa San Justino); b) el cristianismo naciente no es unitario, sino diversificado en múltiples líneas de desarrollo hasta formarse la Gran Iglesia. Dada la insistencia en estos y otros criterios, así como en la minuciosa definición de términos, el propio autor nos dice en la introducción: «En este volumen el aspecto metodológico predomina en
ocasiones sobre el de la reconstrucción histórica propiamente dicha. Tal vez no habría venido mal un subtítulo un tanto académico: “aspectos metodológicos”»
(p. 13).

En conjunto la obra ofrece una información muy valiosa, a veces de gran originalidad, e igualmente un gran ejemplo de exigencia crítica. Pero, en este segundo punto, una nimia búsqueda de rigor produce a veces más oscuridad que luz; así en las disquisiciones sobre qué es cristianismo, qué es judaísmo, o qué es un grupo que ha roto con el judaísmo pero todavía no es cristiano… (cf. pp. 226ss, 231, 246-250). En medio de una rica erudición, el lector se encuentra acá y allá con tesis muy discutibles, algunas claramente peregrinas. ¿Puede sostenerse que uno de los tres rasgos fundamentales de la praxis de Jesús «viene determinado por… visiones, revelaciones y diferentes formas de contacto extraordinario con el mundo sobrenatural»? (p. 274), ¿o que «para sus discípulos Jesús fue probablemente un maestro del contacto con las fuerzas sobrenaturales: la oración, las visiones, el éxtasis, la revelación, los viajes celestes»? (p. 363). Ciertamente esto no es lo que ofrece la tradición evangélica críticamente leída.

Entre Jesús y la Iglesia M. Pesce apenas reconoce un desarrollo medianamente homogéneo; afirma sin matices que «la diferencia [de la Iglesia] con Jesús es abismal» (p. 360). Pero el lector tiene alguna vez la impresión de que esa diferencia es poco más que cuestión de palabras, pues sus ejemplos se limitan a subrayar que el perdón de los pecados ofrecido por Jesús Pablo lo reconduce al poder de la resurrección de Cristo, o que, frente acla predicación jesuana del Reino que llega, el joanismo invita a «volver a nacer» (p. 361). Pero, ¿no estaba esto contenido en el «vestido nuevo» y los «odres nuevos» que pedía Jesús? Una discontinuidad semejante supone entre el cristianismo primitivo y el actual, negando prácticamente la existencia de unos núcleos comunes de fe y de praxis hasta hacer del término “cristianismo” prácticamente un equívoco (p. 226). No menos discutibles resultan algunas aproximaciones cronológicas. Según Pesce, la comúnmente llamada “Gran Iglesia” no aparecería antes del siglo III (ib.), y no puede hablarse de NT antes de finales del siglo II. Consideramos que ciertamente éste no tenía antes de esa fecha sus últimos perfiles, pero los evangelios, un amplio epistolario paulino y varios libros más llevaban ya décadas en circulación. Y es sencilla-mente insostenible que «en los primeros doscientos años ninguno de los grupos de seguidores de Jesús poseía los cuatro evangelios que posteriormente serían canónicos» (p. 267).

Estamos ante una obra difícil de encuadrar en la historiografía al uso; algunos capítulos tienen cierto cariz de ensayo. La amplia bibliografía utilizada muestra la erudición de M. Pesce y su esposa; pero esa misma selección bibliográfica es algo extraña, pues en ella faltan obras de obligada consulta o confrontación para la temática tratada. Junto a una loable originalidad, el lector encuentra también varias aristas que pulir.

Severiano Blanco

Ephemerides Mariologicae LXVII/3 (julio-septiembre de 2017) 383-384.


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