Una llamada a ser uno mismo

(Olga Belmonte García, en Razón y Fe). El objetivo de Javier Barraca en el libro es analizar cuáles son las raíces de la Originalidad e identidad personal. El carácter singular de cada persona le sitúa ante una tarea irrenunciable: ser ella misma a partir de la tradición en la que nace y de un modo auténtico, libre y responsable. Lograrlo engrandece a la persona y embellece el mundo. La identidad personal, en continua creación y crecimiento, se anuncia inicial y primordialmente en el rostro que, como bien señaló Levinas, expresa lo inexpresable: la irreductible singularidad de cada persona. Pero también la escritura (sobre todo en los diarios), el nombre propio o el habla se presentan aquí como formas de comunicar la propia identidad. El lenguaje es el puente que nos permite relacionarnos con los otros, que también contribuyen a configurar nuestra identidad a través de la identidad comunitaria. La pertenencia a un grupo no es la única fuente de la propia identidad, pero sí es crucial para su constitución. A pesar de que podamos indagar en las fuentes de la identidad propia y ajena, ésta se mantendrá siempre misteriosa, entendiendo el Misterio como lo hizo G. Marcel: no como un problema que se puede abarcar desde fuera, sino como una pregunta en la que estamos embarcados (desde dentro).

En el libro se reconoce que la formación de la propia identidad implica desajustes, crisis, sufrimientos, fruto de las vivencias, las relaciones y los acontecimientos sobrevenidos. Integrar la propia historia en la identidad personal y comunitaria es una difícil tarea. El autor analiza la dimensión antropológica y moral de esta cuestión partiendo de los trabajos iniciados por Urbano Ferrer y de la tradición de los llamados pensadores del diálogo o del encuentro (mayoritariamente del contexto filosófico europeo). En él se intenta contrarrestar la creciente pérdida de reconocimiento del valor de la identidad personal, fruto de la excesiva masificación que según el autor se produce en la actualidad. Se ofrece una visión negativa más amable del mundo en que vivimos. Barraca considera que el consumismo y el materialismo extremos contribuyen a despersonalizar y deshumanizar a las personas, algo que afecta negativamente en la formación de la propia identidad y en la relación con quienes nos rodean. La masificación disuelve la originalidad y nos vuelve manipulables. Por miedo al rechazo los individuos sacrifican su originalidad, buscando protección en la masa. Cada vez dependemos más del reconocimiento ajeno, pero no por ser quienes somos, sino por ser como los demás.

Esta obra es una llamada a ser uno mismo, a desplegar la propia singularidad y originalidad, en diálogo con otros y encarnando la propia vocación. Por esta razón, es importante el papel de la educación, como se hace en la última parte del libro. En esta reflexión Dios aparece como horizonte de sentido último, dando a entender que fuera de él no cabe ni el sentido ni la responsabilidad por mí o por otros. Cabe preguntarse, dada la diversidad del mundo en que vivimos, de qué otros modos se puede sostener el sentido de la propia vida, sin apelar a Dios, pero no por ello caer en el nihilismo o en el relativismo extremos. Es un diálogo que queda pendiente, pues no todos en la sociedad tienen como horizonte de sentido a Dios y no por eso dejan de orientar sus vidas hacia el bien de forma singular, libre y responsable.

Olga Belmonte García
Profesora de Filosofía (Universidad Pontificia Comillas – Madrid)

Razón y Fe 1.428 (octubre de 2017) 289-290.


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