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Recuperar la visión evangélica de la moral

(Rafael Amo Usanos, en Libris Liberi). El espíritu conciliar de renovación se ha dejado sentir con fuerza en la teología moral. Con las páginas de este libro (Lo divino en la experiencia humana), el teólogo dominico –es importante este dato–, Jesús Espeja, se suma a la renovación de la moral.

El autor toma como punto de partida el decreto Optatam Totius n. 16 en el que se pide a la teología moral que “se nutra de la doctrina evangélica” y encuentra, en la reflexión de la tradición teológica dominica, la forma de hacerlo. Por eso pretende «recuperar la visión evangélica de la moral que Tomás de Aquino logró presentar con nueva versión» (p. 197). Sigue leyendo

Para captar en su alcance la moral cristiana hay que volver a Jesucristo

(José Montero, en Studium). ¿Moral prioritariamente preceptiva? ¿Moral a la carta? El autor de Lo divino en la experiencia humana profundiza en la cuestión afirmando que para captar en su alcance exacto la moral cristiana y su sentido hay que volver a Jesucristo. ¿Cuál es la especificidad de la manera de actuar de Jesucristo? Que en él lo divino y lo humano van unidos inseparablemente. Y aplicando esto a la moral hay que decir que la que no sitúe en su justo y debido puesto a lo humano no es cristiana. Como tampoco lo es la que haga de lo humano un absoluto olvidándose de lo divino. El P. Espeja presenta sus reflexiones sobre el particular a lo largo de tres partes. Sigue leyendo

Defensa de una humanización sin coacción ni devaluación

(El Ciervo). La moral desvinculada de la teología y de la espiritualidad degenera en legalismo. Lo divino en la experiencia humana hace frente al reto que plantean cristianos que no desean regirse por una moral preceptiva, y al desafío de los que seleccionan preceptos para construirse una moral a la carta. Lo propio es la defensa de una humanización sin coacción ni devaluación porque debemos reconocernos como hijos del Dios que se encarnó.

El Ciervo 757 (mayo-junio de 2016) 45.

Por la renovación de la moral

(Rafael Amo Usanos, en Razón y Fe). El espíritu conciliar de renovación se ha dejado sentir con fuerza en la teología moral. Con las páginas de Lo divino en la experiencia humana, el teólogo dominico –es importante este dato– Jesús Espeja se suma a la renovación de la moral. El autor toma como punto de partida el decreto Optatam Totius n. 16 en el que se pide a la teología moral que «se nutra de la doctrina evangélica» y encuentra, en la reflexión de la tradición teológica dominica, la forma de hacerlo. Por eso pretende «recuperar la visión evangélica de la moral que Tomás de Aquino logró presentar con nueva versión» (p. 197). Esta intención original la lleva a cabo de dos modos. El primero, mediante la presentación de las bases bíblicas (vetero y neotestamentarias de la moral). El segundo, por medio de la lectura sistemática de los trabajos de cuatro moralistas dominicos: Antonio Sanchís, José Antonio Linares, Rafael Larrañeta y Bernardo Cuesta. Es especialmente interesante la trama que utiliza para sistematizar el pensamiento de estos autores, pues recoge las tres hebras del pensamiento moral tomista: La Gracia como nueva ley, la madurez de la persona y la felicidad como objetivo de la acción moral.

Jesús Espeja termina haciendo una propuesta de teología moral fundamental –aunque la hace a lo largo de todo el libro por medio de su estructura– que responde a su biografía: él es dominico y ha dedicado gran parte de sus estudios a la cristología. Por este motivo, su propuesta presenta dos características: una fidelidad a la tradición tomista, quizá demasiado destilada en los alambiques de las más recientes aportaciones teológicas, y una pretensión cristocéntrica. Esta última es la que explica la razón de ser del libro y de su título. La encarnación –dice el autor– «no es solo humanización de lo divino, sino también divinización de lo humano […] Así su conducta [la de Jesucristo] es referencia decisiva para una moral que brota de la experiencia como amor dando sentido nuevo a la existencia humana. Siguiendo la conducta de Jesucristo, imagen de Dios invisible, los seres humanos vamos creciendo en semejanza con el Creador. Este crecimiento es el objetivo de la moral» (p. 279).

Rafael Amo Usanos

Razón y Fe 1.411 (mayo de 2016) 500.

Una moral que oprima o devalúe a la humanidad no es cristiana

(Ángel Gómez Escorial, en Betania). Anticipo que es una reseña de urgencia y que volveré sobre este libro del padre Espeja. Me reconozco admirador y seguidor del teólogo dominico y muchos de sus libros aparecidos en los últimos tiempos han pasado por esta sección de El Libro de la Semana. Justifica Jesús Espeja el título de la obra –Lo divino en la experiencia humana– como muy adecuado ya que, podríamos decirlo así, la cercanía de Dios en la experiencia humana le imprime un sentido del bien, de la ejemplaridad y eso bien podría ser una definición, aunque mínima de la moralidad. Y añade Espeja en su introducción que «una moral que oprima o devalúe a la humanidad no es cristiana». Y será como el leit motiv de la obra.

Explica también el padre Espeja que el volumen se divide en tres partes. La primera describe la evolución de la moral católica «con los reclamos de la modernidad». La segunda se inscribe en describir el dinamismo moral del evangelio que despunta en el relato bíblico y se hace presente en Jesucristo. La tercera es –o será– la renovación de esa moral renovada desde la fe cristiana.

Establece un poco antes la diatriba de si un experto en teología dogmática puede adentrarse por la teología moral y se «justifica» siguiendo el ejemplo de santo Tomás de Aquino. Como es lógico esto es solo el enunciado y hay que adentrarse en la lectura atenta y reposada del libro, porque esta –por las claras– anunciado una auténtica revolución.

Como decía al principio me reservo hasta tener terminada la lectura de este Lo divino en la experiencia humana para sacar más conclusiones. Como apuntes decir en su principio hace referencia que él se va a referir a la moral católica sin entrar en el análisis de la ética protestante o en la moral de la Iglesia ortodoxa. Cada una de las tres partes aludidas más arriba contienen un buen número de capítulos o epígrafes. Me ha llamado ya mucho la atención la constante cita a la moralidad inspirada o matizada en el Concilio Vaticano II y al trabajo de sus compañeros moralistas dominicos al respecto.

Ángel Gómez Escorial

Betania 923 (10 de abril de 2016)

Jesús Espeja: «El giro que está dando el papa Francisco, para mí es el giro de la fuerza del espíritu en la Iglesia»

(Jesús Bastante, en Religión Digital). Hoy nos acompaña Jesús Espeja, dominico. Es doctor y maestro en Teología y acaba de publicar un nuevo libro: Lo divino en la experiencia humana, publicado por la editorial San Pablo, en el que nos desentraña su visión de Dios y la condición moral del hombre, y de la Iglesia. “En el momento que intentemos definir a Dios, ya no lo es. Porque Dios no cabe dentro de nuestra cabeza”, asegura.

Bienvenido, Jesús. Hoy tendremos una conversación “a tres Jesuses” y que nos acompañe el de arriba. Tu libro lleva como subtítulo “Sobre la condición moral”. Esto de la condición moral daría para unos cuantos cafés. ¿Qué esto de la moral, hoy?

La clave para leer este libro es la encarnación, donde lo humano y lo divino van inseparablemente unidos. Y por eso en la moral hay que evitar los dos extremos. Un sobre-naturalismo que ignore lo humano. Y un humanismo que ignore la afinidad de lo humano. Precisamente el título habla de esto. La moral no es más que la experiencia de lo divino en lo humano. Muy ligado también a otro concepto tradicional: la moral como desarrollo de la imagen de Dios. En el fondo, que Dios mismo está presente en el desarrollo de la humanidad.

No tratar únicamente una visión religiosa dejando apartado lo mundano. Ni hacer al revés.

Porque la clave peculiar del Cristianismo es la salvación. Donde lo humano y lo divino van inseparablemente unidos.

Otra de las claves, es el definir o no definir a Dios. No sé si esto en el ámbito religioso es novedoso. Y una vez definido o no, trazar esa senda de la moral.

Sí, ahí está el problema fundamental. Dime qué moral tienes y te diré en qué dios crees. En el momento que intentemos definir a Dios, ya no lo es. Porque Dios no cabe dentro de nuestra cabeza. En este libro, más que de una definición sobre Dios, se habla de una “presencia nunca definible”, pero que siempre puede ser experimentada en todo ser humano. Y en la creación entera, que está siendo originada continuamente desde el amor, y cuyo paradigma o referencia para los cristianos es Jesús de Nazaret, en quien tenemos una humanidad que se ha abierto totalmente a la presencia de dios que de alguna forma a toda vida da aliento. Y precisamente por eso Jesucristo aparece como el primogénito de los creyentes. Es decir, de los que se hacen permeables a esa presencia de Dios que está continuamente creando desde el amor a todos y a todo.

Si te quisiera pinchar, te preguntaría ahora: Pero entonces ¿Jesús es Dios, o no es Dios?

Nosotros estamos confesando que Jesucristo es Dios con nosotros.

Que además es el significado de la palabra Jesús.

El salvador. Pero lo que tenemos que tener muy claro, es que cuando hablamos de Dios, no es un Dios inventado por nosotros en la cabeza, sino que tenemos que descubrir su presencia desde la conducta histórica de Jesús. Por lo cual, en esta conducta histórica experimentamos que Dios es amor. Es la paz, es sapá, ternura infinita, misericordia. Que su poder se manifiesta en la compasión, pero eso no es definible. Es experiencia.

Llevamos 2000 años intentando definir a Dios. Digo la Iglesia.

Cuando en el siglo V la Iglesia intentó manifestar que Jesucristo es la experiencia de Dios con nosotros, se sirvió de unas categorías de la filosofía griega. Pero Santo Tomás mismo, dice que las expresiones de la fe no agotan, sino que suponen la experiencia de fe. El contenido último de la fe.

Como instrumentos para ir avanzando.

Y ahora, lo que están haciendo los últimos papas es hacernos ver cómo el cristianismo ante todo es una experiencia mística espiritual. Y es a partir de ahí, donde puede tener origen la renovación auténtica de la Iglesia.

Lo que pasa es que esto lleva a pensar en una moral de actitudes, pensamientos como este, a algunos compañeros tuyos les han fastidiado la vida.

Pienso que en España ha habido un lugar de renovación auténtica, que ha sido el Instituto de Ciencias Morales, de los redentoristas. Uno de cuyos miembros representativos ha sido Marciano Vidal. En España, después del Concilio, tenemos una referencia que no podemos olvidar. Que supone una gran novedad, es normal. Los pioneros siempre tienen incomprensiones y coacciones, pero luego se van imponiendo por el sentido común, y por el avance de la Iglesia.

Recuerdo que una vez que visité París y al llegar al Panteón, estaba allí el famosísimo péndulo de Foucault. Y me dio una imagen de lo que en mi opinión es la Iglesia efectista. Esto de moverse hacia los extremos pero cada vez buscando más el centro. ¿Hoy dónde estamos?

En momento muy bonito. Pero hay que ser realistas. El giro que está dando el papa Francisco, para mí es el giro de la fuerza del espíritu en la Iglesia. Nada fácil, porque hemos estado mucho tiempo en la instalación. En la seguridad de tener toda la verdad. Y de alguna forma, en una actitud defensiva con respecto al mundo. Cuando el Concilio reconoció que el mundo es el lugar de la presencia de Dios y que la Iglesia tiene que abrirse a este mundo, escuchar, dialogar y cambiar de acuerdo con los signos de los tiempos, no era nada fácil.

Y hoy tampoco, al menos en este país.

Pero hay que ver la historia de la Iglesia de esta forma. Pasados unos pocos años del Concilio, la Iglesia optó por garantizar la identidad cristiana. Y este proceso terminó en el catecismo de la Iglesia Católica. Es una actitud que la Iglesia jerárquica tomó y yo la respeto. Pero hubo un peligro grande: que olvidásemos las grandes intuiciones del Vaticano II.

Nos quedamos sólo con el cumplimiento de la norma.

Concretamente, en abandonar la visión positiva del mundo como lugar de salvación. Y que fuera del mundo no hay salvación. Con lo cual hoy estamos en la tercera etapa de lo que yo llamo post-conciliar. Es importantísimo darnos cuenta de que en el fondo lo que hace el papa Francisco no es más que retomar la intención del Vaticano II que quiso abrirse al mundo. Escuchar. Dialogar y convertirse leyendo los signos de los tiempos. Cuando ha sacado la bula del rostro de la Misericordia, no está diciendo más que esto.

Nosotros hemos percibido que Dios es misericordia. El poder de Dios se manifiesta precisamente en la compasión. Y la gran llamada hoy para el mundo, tiene que ser una Iglesia de puertas abiertas, compasiva. Que sea capaz de convertirse continuamente teniendo como referencia a Jesús de Nazaret. Es el gran reto.

No solo de convertir sino de convertirse a sí misma.

Exacto. La Iglesia no está en la acera viendo cómo funciona el mundo. Es parte de este mundo, está en proceso de continua purificación. Tiene que tener una moral dialogante, abierta. Vislumbrando la presencia del espíritu en lo que está ocurriendo humanamente.

La visión del mundo como enemigo sigue estando muy presente.

Claro, pero no hay que olvidarlo. Todavía en el vértice del siglo XIII, Inocencio III, un papa de feliz memoria por muchos aspectos, escribió un libro titulado Del desprecio del mundo. Y hay otro librito de La imitación de Cristo escrito por un monje en el siglo XV. Con una visión fundamentalmente negativa del mundo, han marcado la espiritualidad de varios siglos de toda la Iglesia. Esto no cambia de la noche a la mañana, ni tiene por qué cambiar un aspecto. Es decir, el mundo, y en este mundo está la presencia de Dios, es donde hay que descubrir los signos del espíritu. Pero el mundo también tiene un lado oscuro. Y hay que tener mucho cuidado, porque una cosa es que la Iglesia se considere parte del mundo, y otra es que la Iglesia no esté presente en le mundo denunciando de algún modo las falsas idolatrías o falsos absolutos que está desfigurando la faz de la tierra.

Pero también, que descienda dentro de ese mundo en el que está.

Claro, no hay otra salida. Con lo cual creo que estamos redescubriendo lo que significa la encarnación, que tuvo lugar de una forma única en Jesús de Nazaret. Según el concilio, podemos decir que el hijo de Dios se ha unido a todo ser humano. Esta es una perspectiva totalmente distinta de entender la huida del mundo como una Iglesia separada portadora de la salvación, y un mundo que solamente es barbecho, y que hay que salvar.

Dios se hace hombre para que los hombres nos reconozcamos.

Sí. De todas formas para mí la moral, ante todo y sobre todo tiende dos aspectos inseparablemente unidos, la humanización plena del ser humano y al mismo tiempo la divinización. Hay un tema fundamental en esto: el tema de Dios.

Volvemos a la definición. A esa seguridad de saber. Queremos saber lo que es Dios y queremos entender. Tú defiendes que Dios es toda una experiencia, pero que no se puede definir.

Al definirlo lo meto dentro de mi cabeza. Sí es verdad que tengo que buscar imágenes, aproximaciones a una presencia que no se puede definir. Cuando decimos que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, estamos hablando de una experiencia que tenemos los cristianos pero que no la podemos definir. Ni demostrar racionalmente. La podemos demostrar en nuestra forma de vivir.

Es decir, de Dios se puede hablar con una forma de vivir, con un estilo en que tú experimentas que Dios es compasión, es misericordia. A Dios le manifiestas en la capacidad que tengas de ser humano.

Hablando del papa Francisco decíamos que si se puede hablar de una revolución, es más una revolución de la actitud, del modo de enfrentarse ante el mundo, a la vida y a los problemas. Y no tanto del cambio de dogma, del cambio de normas.

Es un signo de nuestro tiempo, la subjetividad. La persona humana ha llegado a su mayoría de edad. No tolera que se impongan desde fuera creencias o preceptos que no pasen por su libertad y por su responsabilidad. Esto es fundamental en la moral.

La primera parte de este libro trata de cómo ha respondido la Iglesia a las demandas de la modernidad, de una globalización con exclusión. Porque ahí se está manifestando el espíritu de Dios. Y para mí, el gran problema es cómo asumir la autonomía, la libertad y el deseo de felicidad que están respirando hoy los seres humanos, no apagando esos impulsos que son del espíritu, sino mirando el horizonte. Este es el tema fundamental de este libro.

Y alguno te acusará de relativista.

No, porque mi referencia es Jesucristo. Jesucristo para mí es el primogénito de los creyentes, es realmente el encuentro entre Dios y la humanidad. No es la Iglesia la que juzga a Jesucristo, es Jesucristo el que juzga a la Iglesia. Que es distinto. Y es desde Jesucristo donde podemos hablar de Dios y del ser humano. Y la Iglesia, pues como Pedro, sigue a Jesucristo de lejos. Y es muy importante tener en cuenta esto. La referencia fundamental de este libro y de la moral es cristológica. Y la moral no es más que recrear en la conducta de cada una y de cada uno, en la sociedad, un estilo de vida.

Admitir eso, es admitir que si la Iglesia sigue a Jesús desde lejos, como Pedro, también como Pedro se equivoca.

Sí, pero eso para mí es normal. Soy consciente de que como la Iglesia de la que soy parte, lo que anhelo ser no lo realizo nunca. Y por eso soy bastante cauto en criticar a la Iglesia. Las mismas incoherencias que tiene la Iglesia como institución, las tengo yo en mi propia vida. Y lo comprendo. La Iglesia tiene que estar en continua reforma. Esta frase que decía tanto el padre Congar.

“Semper reformanda”

Es elemental. Es la vida del ser humano. Continua reforma quiere decir que continuamente tiene que estar abriendo un nuevo horizonte. Sabiendo que nunca se acaba.

Me comentabas que ves un choque entre dos conceptos que tienen que ver con la situación actual, en lo tocante a la moral. La seguridad y la confianza.

Si hablamos de una moral preceptiva, da mucha más seguridad que una moral indicativa: “porque cumplo esto…”

Voy al cielo

Eso no es ni humano ni cristiano. Hay que pasar de unas falsas seguridades a una gran confianza. Pasar de poner la seguridad en el cumplimiento de unas leyes, a poner la confianza en una experiencia de Dios-amor, que los cristianos hemos percibido en Jesús de Nazaret. Ahí está la clave. Que no es inseguridad, ni diletantismo. Es tomar conciencia de que en Él existimos, nos movemos, actuamos. Toda la humanidad está siendo creada continuamente desde el amor. Esto nos conduce a dilatar las pupilas para vislumbrar la presencia de Dios en todo, ncluso en los que lo niegan. A veces, cuando niegan a Dios están hablando de un Dios en el cual yo tampoco creo, y revelando a un ser humano que ansía, que busca, pero que no encuentra.

Esto es importante en una sociedad como la española en la que a veces entra el pesimismo. El ser humano está madurando, y en él, el espíritu mismo está empujando para que todos vayamos buscando el futuro.

Algunos tienen bastante miedo a ese futuro sobretodo en Europa, porque esa libertad también puede provocar un alejamiento en cuestiones numéricas, de influencia. Como institución humana la Iglesia es un ente muy potente.

Erich Fromm ya escribió El miedo a la libertad. Un libro bien interesante que recomiendo continuamente. Creo que hacer al ser humano libre, es hacerle humano. Tomás de Aquino decía que el acto humano tenía que ser libre. De lo contrario no era acto humano. La libertad es lo propio del ser humano. Es verdad que esta libertad está en convivencia con los demás. Y hemos caído en muchos aspectos, en el individualismo. Lo estamos viendo plasmado en este fenómeno de la globalización con exclusión. Eso no se ataja impidiendo sin más la libertad y condenándola, sino haciendo ver a la gente que la libertad es un valor importante. Que, por otro lado, en convivencia es difícil llevarla a cabo. De ahí que se acuñara en la Ilustración la famosa frase de “Mi libertad termina donde comienza la libertad de otro”. Esta idea sigue mirando al otro como adversario.

Desde la visión de la moral que presento, desde el amor, voy entendiendo que el otro está también afirmado en su dignidad y en su libertad por Dios. Y que mi libertad solamente se realiza en la medida en que se compromete para que el otro sea libre.

Se completan esos círculos concéntricos.

Es la misma cuestión, pero completamente distinta.

Análogamente, está la autonomía, que no se puede cerrar. El ser humano nos ha puesto en manos de nuestra propia decisión. Y las realidades terrenas, seculares, tienen su propia racionalidad.

¿Qué es lo que tenemos que aportar los cristianos? Pues justo esta autonomía que tienen las realidades terrenas del ser humano en la gestación de las mismas. Si realmente el ser humano pretende ser absoluto, se equivoca porque es una criatura. Y ese mismo desarrollo se va a volver contra él. El ser humano es imagen de Dios. Está más íntimo a nosotros que nosotros mismos. Y consiguientemente, la autonomía del ser humano y de las realidades terrenas están sustentadas y animadas por esa presencia. Es un cambio de perspectiva. No podemos decir: no!, a la racionalidad y a la autonomía. Precisamente desde el evangelio podemos aportar algo para que esta autonomía no se quede a medio camino. ¿comprendes la perspectiva?

Perfectamente.

A mí me gustó mucho el discurso de Pablo VI al terminar el concilio.

Hablas de él en el epílogo.

Sí. Hablaba del humanismo. Pero la pena es que este humanismo se ha cerrado y el ser humano ha pretendido una religión en la que él era el centro. Y ahí se equivoca. Por eso nosotros ofrecemos precisamente la presencia de un Dios cuyo poder se manifiesta en la misericordia. En otras palabras, ser uno hombre, en la condición de servidor de todos. Y dice: “Y nosotros, humildemente ofrecemos esto para salvaguardar la inmanencia del ser humano en la propia transcendencia”. Esto es muy importante.

Es un placer siempre tener estas charlas con un maestro como Jesús Espeja. Uno aprende mucho. “Lo divino en la experiencia humana. Sobre la condición moral” Publicado por Jesús espeja en San Pablo.

Terminamos si quieres con una frase que tienes en el epílogo, de Marcos. Y que también sirve de marco a esta entrevista: “Está irrumpiendo el reino de Dios, por tanto, abrid los ojos y convertíos a esta novedad”

Esto es importante. Yo creo que Jesús de Nazaret no nos invita a que nos convirtamos a una divinidad que está no sé dónde, para que nos arrepintamos y hagamos sacrificios. Sino más bien que nos convirtamos a una presencia de Dios en el mundo, que está actuando continuamente como amor. Y por eso que pasemos de una moralidad totalmente preceptiva, para agradar y tener propicia una divinidad que no existe, a una moral que sea apasionamiento, indicativa. Porque hemos descubierto un tesoro escondido, por el que realmente merece la pena entregar la propia vida. Por eso aquí está la gran crisis que tenemos, la gran llamada a los cristianos: recuperar la experiencia mística como clave fundamental, no solamente para la recuperación de la moral y la renovación de la Iglesia, sino para que la Iglesia se abra al mundo realmente como un signo que puede ser saludable para la verdadera humanización. Yo creo que por ahí va la cuestión, ¿verdad?

Estoy encantado de estar aquí y os invito a leer lo poco que tiene este libro. Ya desde ahora agradezco cualquier sugerencia para corregirlo. Yo no hecho más que traducir mi visión sobre Jesucristo, la Cristología, en una moral que sea de la gracia. Que tenga como centro al ser humano y que le ayude a desarrollar todas sus virtualidades.

Ha sido un placer, Jesús. Muchas gracias.

Gracias a vosotros.

Jesús Bastante

Religión Digital (12 de marzo de 2016)

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Una reflexión sobre la moral desde la experiencia de fe cristiana

(SP). En el origen de este libro –Lo divino en la experiencia humana– hay un interrogante: ¿Cómo procesar desde la fe cristiana una situación en la que conviven católicos que aceptan una moral preceptiva con otros, más jóvenes, que no toleran imposiciones desde fuera e incluso con quienes, considerándose cristianos, se sirven una moral a la carta? Para responder a esto, el libro se divide en tres partes. La primera presenta la evolución de la moral católica en su encuentro con los reclamos de la modernidad. En la segunda parte se diseñan las coordenadas del dinamismo moral según el evangelio, que de algún modo ya despunta en la revelación bíblica y se hace realidad en Jesucristo. La tercera parte sugiere por dónde tiene que avanzar la moral renovada desde la fe cristiana. Con este libro sobre moral cristiana completa el autor una trilogía, junto con las dos obras publicadas en esta misma colección: Jesucristo, una propuesta de vida y Meditación sobre la Iglesia.

Una visión de la Iglesia realista, portadora de sangrantes heridas, pero siempre esperanzada

(Mariano Boyano Revilla, en Revista Agustiniana). El benemérito teólogo dominico Jesús Espeja retoma un añejo y famoso título de su admirado Henri de Lubac y se atreve a publicar otra Meditación sobre la Iglesia con la misma idea de reflexionar sobre el ser y la misión de la Iglesia, pero ahora en otros momentos, son tiempos posconciliares, concretamente a comienzos del siglo XXI. Justifica el uso de la palabra meditación, porque cree que al misterio de la Iglesia es mejor acercarse desde la fe que desde la pura especulación teológica. Recuerda los entusiastas fervores renovadores de la Iglesia posconciliar, denuncia el más que posible estancamiento jerárquico en un segundo momento marcado por la publicación del Catecismo de la Iglesia católica (1992) y cree que en tiempos del papa Francisco ha llegado la hora de «una reforma evangélica de la institución eclesial». Él mismo nos señala las sensatas claves que rigen esta reflexión: «Parte ya del Vaticano II: la Iglesia es comunión de vida en orden a la misión; sólo desde ahí son necesarias y tienen sentido las estructuras y la organización visible. La preocupación de fondo es cómo la Iglesia puede y debe hoy transmitir el evangelio de Jesucristo en una sociedad moderna, sedienta de libertad y felicidad pero ahogada por la injusticia y el sinsentido» (11). Estas dos ideas básicas le llevan a criticar algunas cosas institucionales, sencillamente porque la Iglesia debe tener un carácter profético, pero de ningún modo lo hace con amargura o negatividad. Personalmente pienso que sobra el subtítulo, porque creo que, del modo como lo hace nuestro teólogo, hay muchas cosas que se pueden y se deben decir. La lectura del libro nos transmite una visión de la Iglesia realista, y por tanto portadora de sangrantes heridas, pero siempre esperanzada. El P. Jesús Díaz Sariego, titula el epílogo Abriendo caminos de futuro y dice tratando de resumir el talante y contenido de la obra: «El futuro de esta institución está cargado de esperanza y de aliento, porque la pascua encarnada de Dios en Jesucristo le sigue dando nueva vitalidad y dinamismo. Efectivamente, la Iglesia está llena de posibilidades y por lo tanto tiene capacidad de transmitir esperanza y de abrir nuevos horizontes» (266).

La obra gira en tomo a estas tres grandes preguntas: a) ¿Qué es la Iglesia y cuál es su origen?, apartado que lleva el sugerente título Como la luna vestida de sol. En él se tratan con profundidad y claridad cuestiones tan básicas como éstas: el nacimiento de la Iglesia, reflejo de la comunión trinitaria, los tres símbolos conciliares, visibilidad orgánicamente estructurada, identidad en el camino y madre de los vivientes … b) ¿Por qué existe y cuál es su finalidad?, segunda parte, encabezada por el epígrafe conciliar La Iglesia en el mundo. Contiene apartados tan expresivos como éstos: hacia otra forma de presencia pública, venas abiertas en el mundo moderno, fin de la religión alienante, el Dios revelado en Jesucristo, en el pluralismo religioso, la nueva justicia … c) ¿Cómo ha de ser y cuál es su naturaleza?, cuerpo final encuadrado por la cita del Apocalipsis Tienes que profetizar otra vez. He aquí los epígrafes esenciales contenidos en esta tercera parte: Avivar la fe de los creyentes, comunión y poder en la Iglesia y experiencia de Dios y opción por los excluidos. Cierra la obra el epílogo que ya anteriormente hemos mencionado.

El interesante enunciado de los temas, la probada competencia del autor y el acertado y equilibrado modo de exponerlos, constituyen inmejorables ingredientes para que estas páginas se puedan convertir realmente en una fructífera meditación eclesial para inquietos católicos de estos tiempos recios. Otro excelente libro de la encomiable colección Frontera.

Mariano Boyano Revilla

Revista Agustiniana 56 (2015) 428-430.

Iluminar el presente de la Iglesia

(Proyección). Meditación sobre la Iglesia responde a una mirada realista y esperanzada, que no ignora las heridas de la Iglesia, pero que cree ella es signo e instrumento de salvación. La primera parte arranca de la convicción de la Iglesia es un hecho vivido antes de tener una noción clara de ella: toda reflexión intelectual, como la que se esboza aquí, apunta a esa realidad misteriosa, que no se puede expresar adecuadamente (“lo que no se puede decir”, según el subtítulo escogido) pero que se puede meditar. En la segunda parte el autor presenta lo que cree son los tres grandes desafíos de la Iglesia en el mundo actual: el eclipse de Dios, el pluralismo religioso y la injusticia lacerante. La tercera parte es un intento de recuperar la dimensión profética de la Iglesia. Y para se recurre a tres temas que hoy son insoslayables: la tarea de avivar la fe cristiana, la espinosa cuestión de comunión y poder en la Iglesia, la relación entre la experiencia de Dios y la opción por los excluidos. De este modo el que se iniciaba en su quehacer como en los tiempos del Vaticano II, nos ofrece estas páginas en que busca iluminar el presente de la Iglesia conjugando su propia experiencia con lo mejor y lo más permanente de la tradición.

B. A. O.

Proyección LXI/255 (oct-dic de 2014) 464.

Cómo la Iglesia puede y debe hoy transmitir el Evangelio de Jesucristo

(C. García, en Studium). No hace mucho tiempo Jesús Espeja publicó dos libros: Jesucristo (Una propuesta de vida) y A los 50 años del Concilio (Camino abierto para el siglo XXI), de los que nos hicimos eco en esta revista. En éste que ahora presentamos –Meditación sobre la Iglesia– comienza afirmando que a la Iglesia como realidad donde se hace presente lo divino sólo cabe una aproximación desde la fe, porque más que objeto de conocimiento intelectual, es un hecho vivido ante el cual las reflexiones intelectuales se quedan cortas, si bien apuntan a esa realidad misteriosa “que no se puede decir”, pero sí meditar. Como ayuda para esa meditación ofrece una mirada de fe realista y esperanzada. Realista, pues no ignora las heridas de la Iglesia que ansia llegar a lo que aún no es. Y esperanzada porque la Iglesia es signo e instrumento del sí definitivo que Dios ha dado en Jesucristo a favor de la humanidad. El enfoque de esta Meditación sobre la Iglesia tiene dos claves. Parte ya del Vaticano II: la Iglesia es comunión de vida en orden a la misión; sólo desde ahí son necesarias y tienen sentido las estructuras y la organización visible. La preocupación de fondo es cómo la Iglesia puede y debe hoy transmitir el evangelio de Jesucristo en una sociedad moderna, sedienta de libertad y felicidad pero ahogada por la injusticia y el sinsentido. Con estas dos claves el libro se desarrolla en tres capítulos. El primero, presenta el misterio de la Iglesia: “Como la luna vestida de sol”. El segundo, “La Iglesia en el mundo” descubre algunos de los desafíos que hoy lanza la etapa de la modernidad en que ahora nos encontramos y se sugiere la que puede y debe ser la aportación de la Iglesia. El tercer capítulo, “Tienes que profetizar otra vez”, sugiere algunos resortes que hoy debe avivar la Iglesia para responder a su vocación profética. Esta magnífica “meditación sobre la Iglesia” se cierra con un amplio Epílogo (37 pp.) de Jesús Díaz Sariego, titulado “Abriendo caminos de futuro”. Desde las orientaciones ofrecidas por Espeja, pretende mostrar caminos de reflexión que ayuden a valorar su razón de ser en la sociedad actual, identificar con claridad las cuestiones permanentes en la reflexión de la teología sobre la Iglesia, mostrar las cuestiones pendientes, las mutaciones del mundo contemporáneo y su influencia en lo religioso, exponer las fuentes de espiritualidad evangélica: una Iglesia para la misión, inspirada de espíritu profético, solidaria con los más pobres, signo y presencia sacramental en el mundo. Se trata, pues, de un buen complemento del libro que hemos presentado.

C. García

Studium vol. LIX, fasc. 3